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El crujido de la alarma me arrancó de una noche sin descanso. Eran las seis de la mañana. Me calcé las pantuflas gastadas y caminé por el pasillo frío hacia la cocina, con la mente fija en el informe de auditoría que debía entregar antes del mediodía.
Mientras la cafetera goteaba con su habitual ritmo fúnebre, encendí la radio para ahogar el silencio. La voz del locutor, usualmente monótona, sonaba extrañamente alterada. Hablaba de la constelación de Orión, de pulsos binarios y de una sucesión de números primos —dos, tres, cinco, siete— que una estrella moribunda emitía hacia el vacío. Alargué la mano y apagué el aparato. Qué pérdida de tiempo. ¿Acaso los astros lejanos pagarían mi alquiler? ¿Acaso el cosmos intercedería ante la mirada severa de mi jefe? Me anudé la corbata frente al espejo, ignorando el leve temblor de mis propias manos, y salí a la calle.
En el vagón del metro, el aire se sentía espeso, cargado de un magnetismo malsano. Nadie leía el periódico; todos devoraban las pantallas de sus teléfonos con ojos desorbitados. Dos hombres discutían en el asiento contiguo. Uno de ellos, con el rostro pálido y sudoroso, murmuraba sobre el “Fin de los Tiempos” y “el lenguaje de Dios”. Yo me limité a ajustar el maletín sobre mis rodillas. Solo eran luces en el cielo. La ignorancia de las masas siempre buscaba milagros en la rutina del universo.
A mediodía, el orden comenzó a desmoronarse.
Desde la ventana de mi cubículo en el noveno piso, el rumor de la avenida se transformó en un rugido informe y pavoroso. Salí a almorzar, pero los restaurantes estaban cerrados; sus dueños habían bajado las persianas de hierro. Las aceras eran un hervidero de almas desbocadas. Un hombre con traje de etiqueta corría sin zapatos, gritando que la señal había sido decodificada. La gente saqueaba los escaparates no por hambre, sino por un pánico ciego y primitivo, ese terror ancestral que sufre el animal cuando presiente el terremoto. Yo miraba los trozos de vidrio templado en el suelo, lamentando no poder comprar mi sándwich habitual. ¿Por qué se alteraban tanto por unos destellos distantes? ¿Qué importaba que la estrella hablara en números? Las matemáticas jamás habían consolado a un hombre hambriento.
La tarde trajo el sonido de las sirenas de emergencia y el oscurecimiento del cielo, no por la noche, sino por el humo de los primeros incendios. A las cuatro, las pantallas gigantes de la plaza central emitieron el último comunicado gubernamental antes de que la red colapsara. Los rostros de los mandatarios reflejaban una demencia compartida. Se acusaban mutuamente de ocultar la respuesta a la señal; hablaban de “tecnología divina” que no debía caer en manos enemigas. Las superpotencias, presas de una paranoia militar absoluta, habían cruzado la línea del no retorno. El primer misil ya cruzaba el océano.
Volví a mi apartamento caminando entre los escombros de una civilización que se había devorado a sí misma en un suspiro de ocho horas. No había luz eléctrica. Subí los escalones a oscuras, me senté en mi sillón y miré por la ventana abierta hacia el firmamento.
El horizonte de la ciudad ya ardía con el resplandor de las explosiones atómicas, un fuego terrenal y destructor que ascendía para lamer las nubes. Y allí arriba, imperturbable en el terciopelo de la noche, una pequeña chispa plateada continuaba su parpadeo rítmico, ajena al suicidio de los insectos que la contemplaban desde el fango.
Cerré los ojos mientras las paredes de mi hogar comenzaban a agrietarse por la onda de choque expansiva. Moríamos en la víspera de la eternidad, y yo, en mi último segundo de conciencia, seguía sin comprender qué terrible importancia podía tener una bendita estrella que solo sabía contar.
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